Grip, stan, espalda recta, saque las nalgas, relájese… y péguele”

Grip, stan, espalda recta, saque las nalgas, relájese… y péguele”

Por: Toño Sánchez Jr.

Para decirlo en términos de Golf, cuando en ese sitio celestial publiquen el Top 20… o el Top 10… o el Top 5 de los grandes, de las buenas personas, de los maravillosos seres humanos, de las personas excesivamente humildes, de los verdaderos amigos, el nombre de Gabriel García, ‘El Partner’, estará siempre allí.

El pasado lunes 19 de abril este virtuoso, generoso y abnegado profesor de Golf salió en un vehículo de la Infantería de Marina rumbo a Coveñas a dar clases de Golf, cuando a la altura de Berastegui un irresponsable conductor de una empresa transportadora los sacó de la vía y los hizo accidentar. Allí murió el soldado que conducía y Gabriel fue trasladado al Hospital de Cereté con serias fracturas. El miserable que los golpeó, en vez de auxiliarlos, se dio a la fuga. Ya está preso.

Ocho días después llegó la noticia que nadie quería recibir: que le Profe Gabriel había fallecido.

Cómo era posible que un hombre tan bueno, humilde y sabio se fuera así. Es uno de los pendientes que tengo para preguntarle al responsable de sacarnos del circuito… o del tour… de la vida después de haber hecho un maravilloso score con su manera de vivir.

Me cuentan que lo mandó de Medellín, Rogelio González,  uno de los más grandes profesores del Golf de Colombia, quien por sus manos pasó, entre tantos, Camilo Villegas. El Partner fue Caddie y alumno de Rogelio. Y este último bebió de ese manantial de sabiduría de Ben Hogan.

Que cuando llegó al Club Jaragüay, era una noche en que caía un descomunal aguacero, que tenía ‘atrancado’ a varios socios en la sede. Dijo que era el nuevo profesor que mandaba Rogelio. Y allí empezó su vida en Montería.

Yo no creo que el Profesor Gabriel hubiese llegado a ser bachiller, pero tenía una sabiduría congénita que suplía cualquier grado de colegio. Se hizo profesional y se ganó varios torneos, “y me gané mucha platica con la que me construí mi casita”, me decía.

Hoy, los golfistas de Montería, menores de 43 años que tienen los mejores swing de Golf, fueron hechura de Gabriel García Suárez. 

Hace tiempo lo escribí, de cómo llegué al Golf. Fue por un torneo que llaman ‘Picapiedra’. Tiempo después decidí aprender a jugarlo, no perdía nada con intentarlo, por lo que llegué al profesor Gabriel García. Nos conocimos una tarde de julio de 2019. Y allí comenzó una dura, cruel, pero maravillosa e inolvidable relación.

Me hacía recordar a esos inclementes y despiadados cabos y sargentos de la Escuela de Lanceros,  en donde estuve, y que lo ponían a uno a ‘afinar’ a las malas o a las malas. Pero tiempo después, uno terminaba apreciando y queriendo a esos instructores a más no poder. Porque a final de cuentas, ellos buscaban era sacar lo mejor de ti.

Y para mí fue más difícil con el profesor Gabriel García, por una sencilla razón: ¡Quién me mandó a aprender Golf ya grande! (Otros dicen viejo, pero nada de eso, allá llegaremos algún día).

Fueron tardes terribles, en donde creía que jamás iba a poder. Tenía la opción de renunciar, pero al ver y escuchar que él creía en mí me lo impedía. Hoy me doy cuenta de que fue un empírico maestro de inculcar autoestima y confianza en uno mismo.

Siento que me tomó como su ‘conejo de indias’. Cada tarde que llegaba sentía que tenía que avanzar, por mí y por él. No puedo explicar porque sentía eso en aquellos tiempos, pero lo sentía.

Empezamos a hablar de la vida… de su vida… y de la mía. Y allí comenzó a fluir todo. Empecé a sentir que no tenía un Profesor de Golf, sino un Maestro de la Vida.

Y no lo puedo negar, allí, en ese campo de prácticas, descubrí que quien me enseñaba era una maravillosa persona que Dios, la Vida y el Universo me habían puesto en mi camino.

Me contó anécdotas tristes de su vida como golfista profesional y que no quería que se repitieran en mi vida de golfista aficionado. Me habló del trago y sus estragos en el Golf. Nada de eso cayó en saco roto.

Una tarde, hace como un año, me recibió con esta frase: “péguele bien a esto, que usted puede, y gane trofeos antes que estire las patas”.

<<No me vuelva a decir eso>>, le respondí con vehemencia.

Un día me dio una terrible noticia.

Ya es hora de que usted salga solo a jugar. Ya no salgo más con usted.

Nunca me imaginé que ese momento fuera a llegar. Fue como una montaña rusa, en donde uno después de cada susto quería montarse otra vez.

Llegaba donde él, después de jugar varias rondas. Y me escuchaba todas las embarradas. Luego me decía, “Ya calentó”. Lo hacía y me ordenaba: “Ahora péguele”. Al tercer golpe ya sabía que estaba haciendo mal, me corregía y ya. Uno quedaba sorprendido de que todo se había solucionado. Y deseaba salir al campo otra vez. Y así era, salía uno otra vez. Y otra vez estaba uno en el practicadero con él, contándole la nueva ‘novedad’.

Muchas veces me esperó en el parqueadero, porque no le gustaba sentarse en la sede, a esperar cómo me fue. Jamás me desanimó, así mi score fuera terrible.

Él y el Golf cambiaron mi vida para bien. Y siempre se lo dije en VIDA y se lo RECONOCÍ en VIDA.

Sentados en el parqueadero conocí de sus tristezas. Como la de haber sido sacado del Club Monteria Jaraguay Golf por haber visto a un presidente de junta besando a una de las empleadas administrativas. Lo echaron como un perro.

Tiempo después regresó por la defensa y persistencia de unos pocos socios y familia.

Y allí siguió dando clases y formando jugadores.

Luego le hicieron algo peor. No dejarlo jugar en el campo de Golf del Jaragüay. ¿La razón? Solo la tienen los fundamentalistas de la moral de ese club.

Pero hoy, después de su intempestiva ‘salida del circuito’, como todas las de la vida, sale un poco de gente con cintas negras y frases ajenas a dolerse por su partida y a proponer torneos a su nombre. Los HOMENAJES ¡¡¡SON EN VIDA!!! No muerto.

Hace tres meses, mi hijo Felipe me dijo que quería aprender a jugar Golf. Llamé a Gabriel y le dije: “Ese pelao es criao a mano. Mira a ver qué se puede hacer. No quiero obligarlo a aprender Golf. Solo quiero saber sí está entusiasmado cada día”.

Hoy, propios y extraños, están sorprendidos del swing que le armó el Profesor Gabriel García a Felipe en solo dos meses.

Profe Gabriel, donde esté, quiero decirle que ya Felipe hace 58 en una ronda de 9 hoyos. Gracias por convencerme de permitir que aprendiera Golf. Y Profe Gabriel, gracias por todas esas otras lecciones que no quiero escribir en esta columna.

Me siento orgulloso, como muchos otros pocos socios y socias que lo HONRARON en VIDA y no después de muerto. Ya pa’qué.

Me quedo con su credo: “Relájese, no se cuelgue del bastón, grip, stan, brazo recto… y péguele”.

Jamás volveré a un Tee de salida sin acordarme de este Maestro.

Gracias, Gabriel… Mil gracias!!!