La muerte siempre está y convive entre nosotros. En el último año, de forma apocalíptica se pavonea con más frecuencia, de forma invisible y sistemática se muestra haciéndonos ver lo frágil y vulnerable que somos; aunque nos rehusemos a entenderla y mencionarla. El miedo que genera paraliza a cualquiera, así intente uno desconocerla.

Lo que no podemos ocultar o negar, es que, hace parte de la vida, y es también, un paso inevitable de la finita existencia. El pasado martes 30 de marzo, la muerte se llevó para siempre a un gran ser humano, al profesor Eduardo Francisco González Rada, este gran amigo dejó de hacer parte del mundo de los mortales; su presencia en este mundo finito, se extinguió.

Cabe resaltar que, a este ilustre maestro en mi época de líder estudiantil en la Universidad de Córdoba, lo acompañé en su candidatura a la rectoría durante el proceso de consulta; desde entonces, emprendimos una amistad centrada en el respeto y reconocimiento mutuo.

Desde hace dos años, cuando lo designaron los ex rectores como su representante ante el Consejo Superior; sus recomendaciones, orientaciones, experiencia y conocimiento de la educación y la vida universitaria, fueron fundamentales en la construcción del proyecto de desarrollo institucional que hemos venido impulsando y liderando hasta hoy.

Su fallecimiento nos tomó por sorpresa, conocía la causa de su enfermedad; pero, su persistencia y lucha por mantenerse vivo nunca decayó. La última vez que conversamos personalmente, fue el pasado 3 de marzo en su casa; allí, nos tomamos un café y hablamos como era costumbre hacerlo; generalmente, acerca de las visiones compartidas de la vida, la educación y la misión de la Universidad de Córdoba. Este diálogo era frecuente desde que asumió la condición de miembro del Consejo Superior Universitario.

Se caracterizaba por ser un consejero en lo académico, personal y humano, aconsejando e impulsando a los demás por hacer las cosas bien, reflejaba un compromiso inquebrantable por la Universidad de Córdoba, de la cual era egresado; además, profesor, directivo y rector.

Fue tal su compromiso por esta Institución que, en las dos ocasiones que presenté mi nombre para asumir la rectoría, me brindó su apoyo incondicional; inclusive, fue una de las personas que me aconsejó y motivó para que presentara mi nombre a la reelección como rector de Unicórdoba.

El profesor Eduardo hace parte de una generación de hombres que dedicaron su vida al servicio de la educación, su entrega hacia este claustro universitario fue por vocación y convicción; virtud prácticamente en extinción en estos tiempos de vanidades y vacíos.

Fueron muchas las generaciones de jóvenes a las que contribuyó en su formación académicas, científica y humana. Un hombre de vida sencilla, humilde y ponderada; no le conocí sentimientos de odio, ni expresiones dañinas o calumniosas. Era un hombre equilibrado, prudente, reflexivo y, con principios que lo situaban siempre en el lugar de las causas justas y humanas.

Todo este recorrido de vida ejemplar, lo llevó a ejercer de manera práctica, una gran dimensión política; lo cual, con el paso del tiempo lo llevó a ser secretario del Partido Liberal en Córdoba. Un liberal por convicción, defensor de las libertades y de la justicia social; lo anterior, como resultado de un proyecto de vida forjado desde las carencias y adversidades, momentos que le permitieron forjar un estilo de vida, humilde, digno y sencillo; sin opulencias ni vanidades.

En esta narración quiero mostrar el rostro y la condición humana; no solo del profesor y educador, sino del ciudadano que cuando ejerció la militancia política la hizo desde la concepción y el pensamiento liberal; el cual defendió sin claudicar a sus principios.

Pero cuando lo hizo como un hombre de la educación, defendió nuestro proyecto de desarrollo institucional “por una universidad con calidad, moderna e incluyente”, movido por esos principios, creyó en ellos, y los defendió brindando sus consejos y apoyo.

No podía, en medio del dolor y la tristeza que hoy me embarga su partida, dejar de decir, lo que en esta reflexión he dicho. Mostrar, no solo la condición humana de un hombre sencillo y humilde, el educador, profesor, consejero, padre de familia; sino también, del político con ideas y principios que en esta última parte de su vida defendió desde su rol de consejero superior. Actuó con dignidad, nunca claudicó ante quienes lo persiguieron sin consideración ni escrúpulos. Desde la rectoría, Consejo Superior y comunidad universitaria; expresamos a su señora esposa, hijos y demás familiares, nuestra solidaridad y tristeza por su partida. Extrañaremos sus Consejos, aportes y momentos de lucha al lado nuestro, defendiendo su Universidad en la cual se formó para servir a la sociedad.