LA BONANZA DE LOS PILOTOS

Por: Toño Sánchez Jr.

TEXTO tomado del libro ‘HERMANOS DE SANGRE’. (Editorial Intermedio Editores).

El descubrimiento de que la cocaína daba más rentabilidad que la marihuana –y que con menos espacio se podía transportar más alcaloide– abrió una oportunidad de oro para todos los pilotos de Colombia y de todo este hemisferio, incluidos los de Estados Unidos.

De este último país dos fueron famosísimos. Uno, por el libro El hombre que hizo llover coca, Max Mermelstein; este judíoamericano fue el ‘encargado’ de meterles a los carteles colombianos, entre 1978 y 1985, un poco más de 53 toneladas de cocaína que llevó hasta la Florida, y de llevar de regreso más de 300 millones de dólares en efectivo, sin contar con el armamento que también les ‘bajaba’. Este piloto hoy goza de buen billete y buena salud en Norteamérica.

El otro fue, Adler Berriman, –Barry Seal–. Lo contrató el Clan Ochoa, específicamente el líder del mismo, Jorge Luis Ochoa, facción del Cartel de Medellín. Sicarios de este cartel de la droga viajaron hasta Luisiana para que ‘se fuera de cajón’8. Los sicarios enviados desde Medellín lo asesinaron el 19 de febrero de 1986, cuando llegó en su Cadillac al parqueadero del centro dirigido por el Ejército de Salvación, en Baton Rouge, sitio a donde lo enviaron en libertad condicional como parte de un acuerdo, en donde debía estar de 6:00 p.m. a 6:00 a.m. mientras durara la pena.

La historia de Barry Seal fue llevada al cine dos veces; la primera en 1991 (Double-Crossed) protagonizada por Dennis Hopper. En la segunda, lo personificó Tom Cruise quien lo mostró como todo un piloto ‘bacán’ transportador de coca, a quien le gustaba guardar y enterrar los cientos de miles de dólares que se ganaba. Aunque también hay una versión en la que a Barry Seal lo asesinan como parte de una operación clandestina para callarlo, ya que sabía todo el truculento entramado del turbio negocio de los carteles colombianos con gente de la CIA para llevar drogas por México y regresar con armas para la ‘Contra’ nicaragüense.

Pero la historia de los pilotos colombianos no ha sido tan glamorosa como para llevarla al cine.

Las matas de coca estaban en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, y en el Valle del Cusco en Perú; había que buscar esa hoja allá. Por tierra era imposible transportarla, entonces comenzó una masiva contratación de pilotos, con o sin avionetas. Inicialmente, todos estos pilotos iban hasta allá, cargaban sus aviones con pasta y hojas de coca, llegaban a Colombia, descargaban y luego regresaban por otro viaje. Los narcos de Colombia, cada uno de ellos, mandaba un emisario que se establecía en los sembradíos a supervisar el pesaje y el cumplimiento de los envíos.

Para atender todo este ‘puente aéreo’ cocalero los narcos en Colombia tuvieron que construir cientos de laboratorios, ‘cocinas’ y pistas de aterrizaje por todo el sur del país… y también por el norte. En Córdoba llegaron a existir 25 pistas, entre legales e ilegales. Todo esto aconteció para mediados de la década de los 70, toda la del 80 y parte de los 90 del siglo XX, hasta que llegó el momento en que todo esto se convirtió en una eficiente línea de transporte aéreo y producción de coca.

Las avionetas llegaban con pasta de coca desde Bolivia o Perú a los laboratorios en Colombia. Descargaban, les hacían mantenimiento, las tanqueaban y las cargaban nuevamente con los kilos que soportaban para salir de inmediato hacia México, Bahamas o Centroamérica. Otras veces, tiraban desde la avioneta al mar el cargamento en coordenadas previamente establecidas; luego, el piloto iba a otro punto a taquear y a recoger tulas con millones de dólares para traerlos a los mafiosos en Colombia.

Este trasiego de hojas de coca y pasta de coca para los laboratorios, y luego de estos para los proveedores del norte fue el quehacer diario por mucho tiempo de los pilotos al servicio de los narcotraficantes colombianos. Solo hay que preguntarse cuándo fue qué Estados Unidos comenzó a darse cuenta de que los estaban inundando de cocaína. Y cuándo fue que impusieron un verdadero control al tráfico de cocaína y marihuana. Fue como a mediados de los 80 del pasado siglo.

¿Cuánta ‘gente de bien’ –y también ‘no de bien’– ‘coronó’ en todo ese tiempo? Gente a quien hoy llaman ‘ciudadanos de bien’ y hasta ‘doctor’.
Estos pilotos comenzaron a ganar no solo por traer pasta de Suramérica sino también por la cantidad de kilos de cocaína que entregaban en Centroamérica o en Estados Unidos. Y por los ‘fletes de compensación’ que hacían, que no era otra cosa que regresarse con los aviones cargados de los dólares producto de la cocaína, con armas… o las dos ‘mercancías’ a la vez.

Fue una época en donde honestos pilotos se dejaron morder por el trasegar de pasta y cocaína. Muchos murieron en accidentes por recargar demasiado las aeronaves con ‘mercancía’. A algunos los asesinaron para no pagarles el viaje y a otros cuantos por ‘sapos’. Unos pocos terminaron presos y limpios. Y una mayoría logró salirse a tiempo, evitar a la justicia y gozar hoy de lo ganado e invertido. Fue una época de oro para muchos o algunos pilotos de aquella época. Después se vino la época, ya no de avionetas, sino de aviones, lanchas go fast, buques y submarinos para el envío de cocaína a gran escala. Pero los narcos colombianos querían tener el control total del negocio para lo cual necesitaban cultivar las matas de coca en Colombia, pues la interdicción aérea en el sur de país era cada vez más dura. Entonces, los mafiosos decidieron asesorarse de agrónomos extranjeros y nacionales para que escogieran las tierras idóneas para la siembra de las matas de coca. Otro equipo se encargó de montar gigantescos laboratorios para el procesamiento del alcaloide. No menos importante eran los del transporte, distribución y cobro en Estados Unidos.

Mientras las matas de coca estuvieron en Bolivia y Perú los mafiosos de Colombia tuvieron que montar toda una logística para controlar y supervisar la ‘carga’ de pasta de coca despachada y el pago de la misma, para lo cual enviaron emisarios a desempeñar el cargo. A Fidel Castaño le gustaba que determinadas labores las desempeñara gente muy cercana a él; para este caso en especial comisionó a dos de sus hermanos, Reynaldo y Eufracio, alias ‘Condorito’, para ejercer ese control en los países de despacho, en especial Bolivia. Con respecto a estos dos hermanos Castaño Gil, Reynaldo y Eufracio, hay todo tipo de especulación. Muchas fuentes de acuerdo a la orilla en donde estén dan su versión. Una, en el sentido de mostrar a los Castaño como una familia que se asesina entre ellos, al afirmar que Fidel los mandó a matar. Otros dicen que hubo un problema de ‘pesaje, pago y envío’ que no cuadró y los mataron en Bolivia.

Se ha llegado a decir también que la avioneta donde venían estaba muy sobrecargada de ‘mercancía’ y se vino abajo y desapareció. A esta última versión también le han hecho ‘agregados’, en el sentido de afirmar que fue Fidel quien mandó a sobrecargar la avioneta. Pero esto último no tiene sentido, ya que botar la ‘materia prima’ no era el negocio. Y era de Bolivia de donde debía venir un dinero para comprar una famosa hacienda en medio de la vía Cisneros – Puerto Berrío en Antioquia.

Lo cierto es que Manuel Castaño Gil narró que ellos sí murieron en un accidente aéreo cuando trabajaban con Fidel en ese negocio, lo que no sabe es que eso haya sido así como cuentan, que Fidel tuvo que ver. Con respecto al asesinato de otro hermano, ahí sí asegura que Fidel estuvo detrás de todo. Se refiere a Ramiro Castaño Gil.

Libro HERMANOS DE SANGRE.

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26 agosto, 2022

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