Opinión | La corrupción

Opinión | La corrupción

Lo que denominamos corrupción, que es la desviación ilegítima de los intereses públicos para complacer el apetito del particular, es un problema que atañe a todas las sociedades mundiales y que tiene su huella a lo largo y ancho de la historia, en Colombia es un patrón cultural y patológico que requiere de una amplia y sofisticada reingeniería social. Para lo anterior es básico enfrentar el problema dejando a un lado la intensidad del análisis puramente legal porque está en juego todo el complejo de emociones civiles que en última instancia compromete a los individuos con la sociedad o conglomerado a los que pertenecen y permite inhibir el apetito y voracidad propias del individualismo y su afán desmedido por abarcar para si lo que debe ser objeto de redistribución: sin esto El Estado sería ineficaz e injusto.

Decimos que una patología se inoculó en Colombia por cuenta del atractivo que tiene el dinero fácil; aún por encima de la construcción de proyectos de vida a lo largo de los años, se prefiere la ganancia ocasional instantánea al mérito, al esfuerzo y al paso imperceptible de los años; de ahí que se reclame una relación entre el fenómeno del narcotráfico y la corrupción en Colombia, a más que todo se gesta en un ambiente de difícil tráfico jurídico que permite y aúpa todas las prácticas corruptas, pues ante el paquidermismo estatal siempre se buscan soluciones al calor del dinero.

Nuestros servidores públicos se han acostumbrado que traen su propio proyecto de vida para hacerlo florecer, expidiendo acta de disfunción para el servicio público y de ahí que no se entienda siquiera el denominativo: que el servidor público está para servir y no para que le sirvan. Y como es que no va a creer un servidor público que al ser nombrado se unja de una potestad casi monárquica, si a su disposición cuenta con unas guardias pretorianas que abusan de todo aquel que sea un simple parroquiano a pie. Estos cuasi “emperadores romanos” se obnubilan con el poder y llegan a creer que personifican al Estado.

Tenemos las emociones políticas anómalas y vemos extraño que un Primer Ministro europeo no ande con escolta y sea un ciudadano del común. Que no se piense tampoco que el Derecho Penal tiene la solución para este y para los otros males sociales, pues no nos cansaremos de decirlo : el derecho penal no es remedio de nada y puede ser fuente de profundas decepciones, ya el corrupto nunca va evitar el delito sino sus consecuencias; de ahí que sea necesario ir más allá y ver el problema desde una óptica multidisciplinaria con vigencia y efectividad de amplios mecanismos de prevención donde la participación ciudadana tenga realidad, los medios de comunicación no oculten ni consientan a los corruptos llevándolos al estatus de celebridades o calificándolos con eufemismos como “polémico empresario” y otros de los cuales nosotros somos unos verdaderos maestros, porque si hay algo que tenemos nosotros los colombianos, es en poner nombres edulcorados y no llamar las cosas por su nombre. ¡Y qué no se olvide en esta lucha la presunción de inocencia tampoco!

Así también se reclama del aparato estatal que reciba a los mejores, es decir aquellos que demuestren vocación y compromiso; los cargos del Estado no deben ser escampaderos sino formas de desarrollo de la personalidad en pos de objetivos generales. En materia contractual son cientos las modificaciones que se pueden proponer: una de ellas… las interventorías deben estar a cargo de la Procuraduría General de Nación e incrementar los controles internos de cada entidad, hacer pública toda la información y retornar sobre la ética.

A los abogados, quienes debemos sufrir los embates cada vez que las miras apuntan a la corrupción, les hemos venido proponiendo que nos agremiemos en el Colegio Nacional de Abogados, cuerpo este debería regular todos aspectos deontológicos. Siendo un cuerpo de pares que conozcan nuestra profesión, este colegio de abogados marcará el momento definitivo para cambiar: una cosa es ser abogado y otra tener tarjeta profesional de abogado. Así nuestra profesión se sujetará a la vocación y no a la oportunidad.

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